jueves, 26 de noviembre de 2015

PELANDO BOMBONES

     Paseaba por la calle con un bolso de cuero gris desgastado donde llevaba prácticamente todo, no había ni un alma deslizándose por las aceras y era el maldito día más raro, triste, rancio, obtuso, mate, de cartón y mal adornado de los últimos años. Era el día perfecto para comer bombones rellenos de licor sin salir de la cama y tirar el papel brillante al suelo. 
     Deberías haber visto la porquería de día que había salido, genéticamente imperfecto, tarado e inerte como la vía de un tren. Un día para comprar bombones rellenos de licor y no pagarlos, salir corriendo y no pagarlos.
     Paseaba por la calle con un bolso raído, gris, de cuero, donde llevaba menos ganas de emprender nada que de pelar un huevo duro con los dedos de los pies. Tenía también unas botas altas de hacía seis temporadas y el pelo largo y muy bien descuidado, con el estilo de quien no tiene un céntimo pero le queda dignidad. Se lo cortaría si fuera jueves, se lo cortaría si tuviera dinero o se casara su hermana mayor de una vez. 
     Podía haber sido una historia increíble con todos sus ingredientes, los bombones, la chica, el bolso, ese día feroz que invita a hacer una copia de seguridad en tu ordenador y en tu cabeza. Podía haber sido el comienzo de un cuento de callejones sin salida, con puertas entreabiertas y gatos trasquilados. De alcantarillas profundas, goterones caídos del cielo y de cielos rotos si es que hay más de uno. Soles tibios si es que hay más de uno. Amigos de verdad, si es que hay más de uno...
    Paseaba por aquella calle con el pelo trenzado acercándose a su cintura, que estaba dibujada con tiralíneas, a mano alzada, de un sólo trazo... Un icono de cintura, moverla era varear un olivo al amanecer, era sacudir años de soledad al ritmo profundo de un contrabajo.
     Deberías haber visto a la chica sacar brillo a aquel día áspero sin más intención que evitar pasar la tarde pelando bombones bajo una manta pesada. Aquello no iba a ser el comienzo de ninguna historia, era sólo que quería estar a la intemperie y saber a qué olía el oxígeno que acariciaba la piel de sus pulmones.




Texto JACOBO SÁNCHEZ
noviembre 2015 


miércoles, 21 de octubre de 2015

ACORDES DE MEDIA NOCHE

     Eso fue lo que pasó, que no se quería ir a dormir porque le parecía que era tirar la vida por el hueco del ascensor. Y cuando estás lleno de vida un sólo minuto quieto como un insecto palo es una tragedia tan rara como una llamada a media noche, así que quería correr por las calles llenas de hojas empapadas en rocío, infectadas de otoño amarillo y nubarrones aún cálidos. Quería coger una guitarra y despertar a los vecinos inventando acordes de pan y melón, cogerla por el mástil y partirla en dos contra un espejo. No volvería a mirarse en una de esas cosas plateadas, si acaso verse la barba reflejada al chupar agua en algún charco del bosque. 
     No quería dormir, ni hablar del asunto, ¡duerme tú si quieres!... y a mí dejadme vivir el doble.
      Quería arrancar las manecillas al reloj, hacer un nudo a las agujas y dar la vuelta al calendario, nunca más miraría a la luna para no ver cambiar sus fases. Se imaginaría que siempre era luna llena y que podía ver todo iluminado por la noche sin necesidad de desarrollar unos ojos como un puto felino salvaje. 
     No pensaba dormir ni con inyecciones de morfina, ni con sonidos de oleajes, trinos de pájaros y la calefacción a treinta grados. Pensaba estar vivo a todas horas y hacer miles, ¡qué digo miles!, miles de millones de cosas. Pintaría un cuadro enorme, bien de acuarela sobre un lienzo del quince y una vez terminado pues lo mismo que la guitarra, destrozarlo para que nunca nadie pudiera decir que lo pintó meses atrás. Eso revelaría un paso del tiempo y a partir de ahoramismoya, todo lo que hiciera se cuidaría de que no fuera susceptible de envejecer o caducar.
     No iba a dormir ya jamás, lo había decidido y no pensaba recular. Saldría en la tele y los médicos le estudiarían. Prepararía diez litros de té de Marruecos al atardecer para mantenerse alerta de las invasiones inconscientes.
     No pensaba dormir jamás de los jamases, no cerraría el ojo ni en medio de una tormenta de arena. La consigna era aguantar hasta el colapso de todo el sistema nervioso, hasta que los espasmos y la espuma de la boca le asustaran lo suficiente como para desistir, hasta que los vecinos echaran la puerta abajo para cerrarle los párpados y bajarle la persiana. La señora del tercero le intentaría meter por sonda un vaso de leche calentita con miel y brandy y la muchacha del segundo le arroparía, le pondría el brazo pegado al cuerpo dentro de la manta y, por qué no, le daría un beso en la frente en un descuido de los demás. Al fin y al cabo el chico era mono y más guapo que un suelo de mármol.
     Había vendido ya la cama por internet cuando un bostezo persistente se lo llevó en brazos al sofá y le dejó las cosas bastante claras: aquí mando yo y lo demás es querer transportar sopa en un colador.
     El sofá empezó a trabajar duro retorciendo el cuello del chico sin piedad, separando los cojines para encorvar su espina dorsal mientras su respiración inconsciente en Re menor viajaba desde su boca abierta a las paredes de papel del salón. ¿O era en Fa sostenido?
     
texto JACOBO SÁNCHEZ
octubre 2015
     

jueves, 7 de mayo de 2015

TE COMPRARÉ UNA TROMPETA

     El negro se deshacía con su trompeta, sudaba tinta y le brillaba la frente. La gente movía los pies al ritmo, la noche estaba en su punto. El ritmo iba subiendo y las copas se chocaban derramando casi todo el contenido, así el dueño del local hacía caja sin querer, todo le marchaba sobre ruedas desde que conoció al chico de la trompeta. Él tocaba y la gente entraba en trance sacando sus billeteras, era negro como el fondo del mar y tenía un don tocando ese cacharro.
     - Chico, no sé cómo lo consigues pero haces que esto funcione. ¿No te irás a marchar ahora? No puedes dejarme tirado, ¿entiendes?, esto marcha y tú y yo nos vamos a forrar. ¿Qué necesitas? Pide, pide lo que quieras, ¿necesitas una trompeta nueva?
     El chico no prestaba mucha atención, sólo bebía agua para no deshidratarse allí mismo.
     - Recuerda lo que he hecho por ti, no te has olvidado ¿verdad?. Yo te saqué de la calle, te di de comer y un trabajo, tienes un trabajo, la gente espera en la puerta todos los días para verte tocar.
     Volvió a echar un trago de agua mientras se ponía unas gafas de sol, la trompeta brillaba tanto que a veces sentía que se le arrugaban los ojos. Se ponía gafas de sol en ese local oscuro porque le daba igual no ver nada, en verdad siempre cerraba los párpados con fuerza cuando soplaba su trompeta viciada. Echó un trago de agua, se puso sus gafas de sol y se secó el sudor de la frente con un papel de cocina que había por allí atrás siempre. Sentía que sus poros dejaban brotar sudor a presión, escocía y todo. Sentía que por sus poros se le podía ver el cráneo a simple vista. Entonces echó el trago con la gafas calzadas, con la frente ya seca y el instrumento en la mano y se acercó a la cortina roja que daba al escenario. 
     - Venga, sal ahí y haz lo que sabes, quiero ver a todos esos paletos moverse, quiero ver a esa gentuza gastarse hasta lo que no tienen en copas. Haz lo que sabes pero recuerda quién te ha dado la oportunidad de triunfar, de ser alguien, no lo olvides... ¿eh, chico? Hoy te daré paga extra, pero tú quieto aquí conmigo.  ¡Nos vamos a comer el mundo juntos, chico!.



     El chico salió, cogió aire y embocó la trompeta exhalando con fuerza. Fue una nota sostenida en el tiempo, duró mucho y todos los oídos se empaparon en alcohol mientras. Era música cara, una clase magistral de cómo chupar ese aparato. Natillas recién hechas era aquello, un ritmo delicioso que llegaba hasta la barra del bar donde el dueño ponía copas tan rápido que ya se estaba quedando sin hielos. Sólo pensaba en el momento de cerrar y hacer caja, le daría al chico un poco de dinero para pagar la pensión pero no mucho, aún tenía que deshidratarle un poco más.

     El chico negro terminó el segundo pase y volvió al cuartucho tras el escenario. La cortina roja estaba ya un tanto sucia y dura pero no era momento de invertir en el local... Había que estrujar al muchacho primero y tirarle al puto callejón como un limón espachurrado.
     Cuando se estaba secando el sudor de la frente entró de nuevo el dueño con la codicia grapada en la cara, parecía un poco más gordo y estirado.
     - Eh, chico, bla, bla, bla... Tú y yo... bla, bla, bla. Te compraré un traje gris...
     Entonces el chico buscó su sombrero, se puso en pie y tras unos segundos se dispuso a salir de allí.
     -¿Dónde vas? ¿Dónde te crees que vas? Tienes que salir ahí fuera dentro de quince minutos.
     - Voy a fumar al callejón - dijo con su voz calmada-, aquí hace demasiado calor.
     - De acuerdo, de acuerdo, pero no tardes, tienes que salir en diez minutos...

     El chico salió por la puerta trasera del local, donde un callejón un tanto triste conducía a una calle también triste pero más ancha e iluminada. No sacó ningún cigarrillo, no fumaba. Ningún trompetista fuma, tampoco fuman los buceadores ni los niños recién nacidos. No había cogido su trompeta, ni le habían dado su paga extra, ni la de la semana pasada, ni la del mes pasado. Suerte que el dueño no le hizo pagar el papel de cocina. Abandonó el callejón y se dio un paseo hasta el centro. La temperatura era lo suficientemente agradable como para aflojarse el nudo de la corbata y remangarse. Le apetecía un helado grande de fresa, con sirope y esas cosas que le echan encima y que escurren sin piedad. Se lo compró y se lo comió sentado en un banco. Después se daría una vuelta por el parque y se iría a dormir con las ventanas abiertas de par en par. Por la mañana saldría a buscar trabajo, tal vez en el hotel de las columnas blancas de la entrada. Podría tocar en algún crucero o si no formar una banda . Lo que fuera menos volver a trabajar para un paleto arruinado.


Texto JACOBO SÁNCHEZ
MAYO 2015

jueves, 24 de abril de 2014

MADRUGANDO

     Sonó el despertador de su teléfono móvil, a las cinco menos dos minutos. Había elegido una melodía de un grupo de los ochenta, con ese ritmillo de sintetizador que le hacía mover los dedos de los pies y rascar las sábanas. Dos minutos más tarde las campanas de la catedral se solapaban sobre la canción y ya estaba en medio de la habitación frío como un reptil, sin pulsaciones, sin presión sanguínea, era un milagro que ese cuerpo estuviera engranado y fino, vivo. 

     El café siempre de pie, apoyado en la encimera de la cocina mientras clavaba sus ojos en la foto del calendario. A veces transcurrían  dos meses y no pasaba la hoja, a veces apagaba la luz mientras sorbía café como una mosca. Así sus pupilas se dilataban lo suficiente mientras pensaba que tendría que ir andando a donde fuera. Le advirtió hasta su abuela..."tarde o temprano esa muchacha  echará gasolina en lugar de gasoil, al tiempo...". Su coche llevaba ya dos días en el taller con la lengua fuera intentando sobrevivir.

     Nunca estaba a gusto con su peinado mañanero, le daba demasiadas vueltas al asunto con los dedos tumbando mechones hacia un lado y deshaciendo rizos. Unos días pensaba que era por la poca luz del cuarto de baño, otras ocasiones estaba convencido que era por el espejo tan barato que compró o le regalaron, ya no recuerda bien cómo llego allí. Recuerda, eso sí, que tuvo que comprar una broca especial para atravesar la tierra porque no había manera de agujerear la pared para poder colgar aquel espejo tan asqueroso.

     Cuando el agua de la ducha estaba listo para escalfar un huevo se metía dentro y se ponía rojo desapareciendo tras el vapor, pero estaba allí, siempre conseguía salir ileso y el mundo ya era otra historia. Era como dejar un lagarto al sol, la felicidad corría caliente por sus venas, por sus arterias, entraba al corazón y repartía vitalidad a los extremos de su cuerpo. Podría vivir hervido, podría ser un puerro en una cazuela, una viga en una fundición. 
  


     Andar y sortear las baldosas rojas, cruzar el paso de cebra por las rayas blancas, tocar los árboles con la mano izquierda al pasar, absorber el vaho de la mañana y exhalar aire viciado de un par de pulmones. 

     La calle es larga y acogedora, peatonal con farolas naranjas. Recuerda al pasar por la floristería que una vez regaló unas rosas con pulgón y que un día perdió unas gafas de sol al asomarse a un pozo. Recuerda que el asusto de su pelo solía arreglarse sólo a mediodía cuando el cabello regresaba a su posición natural seco al fin.
     Sin dudarlo giró en la segunda manzana y sólo Dios sabe dónde irá. Es jueves y él se va.

texto JACOBO SÁNCHEZ
Abril 2014       






jueves, 19 de septiembre de 2013

TEMPRANO

     ¿Quién me dará hoy una buena noticia, quién será el primero en sonreírme, quién pedirá perdón sin razón para que todo esté en calma...?
     Era una mañana más, un portazo y la calle estaba donde siempre, mojada. Por la mañana la calle siempre está mojada, ¿quién las empapa de madrugada?. Subes los cuellos del abrigo y apartas el aire frío, el aire moviéndose suavemente que es lo que llaman brisa. Pero, ¿quién me cederá el paso hoy, quién me servirá un café con buena cara, quién silbará una buena canción en la parada del autobús...?
     Todo el mundo es extraño, con caras feas hasta que te acostumbras a verlas. Ya no distingo lo que es feo de una rosa, sólo sé de gestos. Entonces, ¿quién subirá el volumen de la radio cuando suene un reggae alegre? Y van y se mueven tus pies, ey, ey, ey, tus pies...EY!
     Llevas fruta en el bolso para matar el mediodía, algo que no cueste pelar y que no gotee. Puedes fumar también un cigarrillo y tu colonia se mezclará con el humo y todavía encontrarás gente que le gusta esa mezcla, no te preocupes. Suena otra vez ese reggae y se mueven tus pies, ey. Buscas el sol, buscas sacudirte el frío, buscas un espejo porque sospechas que se te está rizando el pelo con la humedad y no te hace ni puta gracia. Necesitas más reggae entonces, necesitas escuchar alguna frase  que te deje en paz por dentro. ¿Quién te dirá lo que quieres escuchar? ¿quién sabrá alegrarte el día? Y no vale un niño saltando en un charco desquiciando a su madre. Los mayores siempre cortando las ilusiones de los niños, menos mal que siempre tienen ideas de reserva. Puedes aprender esa lección, son rosas por dentro.
     Recuerda que la gente es hostil, que el que no es feliz hace lo posible para que tú tampoco lo seas, así que ponte en guardia y cuando lleguen los amargados con sus historias de siempre súbete los cuellos. ¿Quién te dará hoy una buena noticia, quién será el primero en sonreírte, quién pedirá perdón sin razón para que todo esté en calma...?
     Y ahora que la mañana es tuya y nadie te la va a torcer, ahora que mueves tus pies con un reggae alegre y que el niño que salta en el charco te saca la lengua y le guiñas el ojo, ahora que el que manda eres tú puedes ir pensando en lo que vas a hacer por la tarde. Probablemente ya haya salido el sol.

texto JACOBO SÁNCHEZ
Septiembre 2013.
                                                                                                

viernes, 12 de julio de 2013

NO_SE_QUÉ OF THE WEST

     El taller era pequeño, con baldosas blancas tatuadas de grasa seca. Y había montones de neumáticos apilados, de coche, de camioneta, de moto, todos desgastados al filo de mostrar el alambre, todos apurados temerosamente. Y también colgaban herramientas amortizadas en un tablero viejo acribillado de puntas. Y para terminar también había un foso en el medio donde Félix pasaba los días metido mirando la panza a los trastos viejos que arreglaba, haciendo cosquillas allí abajo con una lámpara portátil. Siempre debajo de trastos viejos, con las uñas llenas de grasa y un dolor en el cuello que ya había aceptado. Entrenando allí abajo para cuando llegasen sus días bajo tierra como un gusano. Él estaba abajo y los demás arriba, él con el agua al cuello y los demás por los tobillos. Los días pasaban así, como réplicas, mañana ocurriría lo mismo que ayer y eso es una realidad que marchita cerebros. Extrañaba un poco de sol pero a la vez le había cogido miedo ya, el síndrome del foso le aspiraba demasiado así que mejor permanecer ahí abajo. 
     Su ilusión era una maravilla granate de los años sesenta que él mismo llevaba años restaurando y puliendo, poniendo a punto. Con unos faros redondos y un radiador cromado dispuesto de tal manera que parecía que aquel capó gruñía al verlo de frente. Vibraba un poco al arrancarlo y el salpicadero era simple pero lleno de intenciones, aquello indicaba en millas por hora y cuando le presionabas el acelerador ya te podías ir tapando los oídos. Allí había baldosas blancas tatuadas de grasa seca y aquello era sólo una ilusión tapada con una manta gris, la realidad seguía siendo un foso.

                                                 

     Por las tardes ponía la radio y sonaba con un eco fantástico. Había un programa que emitían música sin parar, encadenaban canciones y entonces Félix cogía el ritmo y reparaba la ostia de trastos viejos, le gustaban las canciones sin letra. La verdad es que era un poco clásico y no sabía de estilos ni de nuevas tendencias, no sabía de nada que no fueran panzas de furgonetas.

                                                           ***

     Una tarde ya de otoño, con los días en retroceso, escuchaba una canción lenta que parecía del oeste. ¡Qué demonios!, era del oeste. Una guitarra de fondo, unos acordes sencillos sin más y luego una melodía muy armónica con un banjo sonaba cuando desde su foso vio entrar un par de piernas. En ese momento un silbido suave empezaba a adornar la canción y envolvía todo aquello, se paseaba ese aire agudo entre los neumáticos famélicos, tonteaba con las herramientas del tablero, y sí, las piernas eran de una mujer y entraban en su garaje. Los pies viajaban dentro de unos finos zapatos de tacón alto y cada paso era una pequeña picada en el suelo que el banjo no podía tapar. Los tobillos eran lo más fino que una mente pudiera imaginar a esas horas y de ahí emergía una pantorrilla que es lo que debería ser la definición de pantorrilla, qué había ocurrido para llegar a tener esa forma era fruto de la genética, de caminar por la playa descalza o de huir de puntillas a media noche. También pudiera ser de entrar de puntillas a por algo...
Todo eso iba envuelto en unas medias negras, no podía ser de otra forma.
La canción parecía haber terminado justo cuando las piernas de la chica pusieron fin a la entrada gloriosa en el garaje de Félix, acurrucado éste en su foso mirando el espectáculo y lamentándose por no alcanzar su vista hasta las rodillas, pero no, no había terminado, poco a poco el banjo fue entrando lento, muy lento con una melodía pegadiza y pronto una voz grave puso letra al ritmo alegre. Las pantorrillas giraron sobre sí mismas, todo el taller giró sobre sí mismo a la par y de repente entraron más instrumentos en escena. Fuera el novio de la chica esperaba con un trasto viejo arrancado y la ventanilla bajada. 

- ¿La ves?, ¿la ves ya? -le gritaba desde dentro del auto a la chica.
- Sí, la veo... azul como me dijiste.
- Azul como el puto cielo, nena, ¡venga cógela, date prisa antes de que venga el pringao!
     La chica agarró la caja de herramientas y salió de allí zumbando, la canción estaba en pleno apogeo y decía algo de no_se_qué of the west, laralá, laralá mientras ella, su novio y todas las herramientas circulaban ya por las avenidas empapadas de otoño. 
El chico llevaba gomina en el pelo como para pegar a un perro al techo. 

texto JACOBO SÁNCHEZ
JULIO 2013 (escuchando a Franco Micalizzi)


     

martes, 4 de junio de 2013

LA NOCHE ERA UNA SOPA SOSA.

     De las mañanas frías habían salido grandes poemas, de las noches silenciosas poca historia. Ya no estaba de moda escribir entre búhos y filtrar whisky a media noche, por ahí ya no había ideas, ni siquiera escuchando conciertos para piano surgía algo. Hasta el tipo de la guadaña dormía en sus sábanas negras de raso a esas horas.

     Era mejor buscar alimento para los folios en las paradas del autobús, con todas esas miradas sin fondo y cabellos mojados, entre ropas limpias y bostezos callados. El sonido de un molinillo de café en un bar tenía más rima que un verso nocturno, unos dedos emanando de las sandalias de una chica eran pistas si sabías descifrarlas, unas gafas de sol escondían una rima asonante que podía ser tuya. 

     Tantas noches sin dormir destilando el cerebro para dar con el verso perfecto y allí no había nada. Mira, dicen que las noches son para reparar el día, son horas muertas estériles con sus minutos baldíos, con sus segundos en barbecho. Mejor será apagar esa bombilla y ahorrar un poco, no engordes una factura de la luz si no vas a sacar un verso digno. Puedes seguir intentándolo, reciclar el papel y todo eso, escribir por la otra cara en todo caso, pero si nadie viene a dictarte dobla la almohada y déjate llevar. Puedes taparte hasta las orejas si eso te da más seguridad.
     Las cosas ocurren siempre por la mañana, ya deberías haberte dado cuenta. Los terremotos, los volcanes, los accidentes, las explosiones, las dimisiones, todo está programado así que no sigas intentándolo, tus versos no tendrán luz. ¿A quién le importa lo que haya salido de tu cabeza anoche?. Ríndete, los tiempos han cambiado y la noche no es más que una sopa sosa, una sopa sosa amigo...



<<La noche era una sopa sosa
dime tú si se puede aderezar...
La noche y su santa tontería
dame una idea al menos
dame algo que me pueda compensar...
Tic tac, tic tac, tic tic tic tak
¡Si al menos tuviera una cuchara!...>>



texto  JACOBO SÁNCHEZ
JUNIO 2013 (a eso de la media noche...)

domingo, 10 de marzo de 2013

SAINETE DE LA FRUTERÍA

     Era porque tenía el pelo largo y se me empezaba a rizar por el cuello o porque no me había afeitado desde que la chica de la frutería me dijo que me quedaba bien.
     - Estás guapo, pareces una estrella de rock... aunque bueno, también pareces un fontanero. No es que seas muy interesante pero esa barba te da un aire yo diría que diferente. A veces una barba da sensación de dejadez, sobre todo si es canosa, ughhh, esas no me gustan nada. O las que tapan los labios... pero si no hay nada más bonito en la cara que los labios, ni ojos ni narices, unos labios rosas bien perfilados son manzanas golden de un puto verde cegador. Pero desde luego sea como sea una barba siempre es mejor que un recién afeitado. Escucha y no toques esas fresas... mi madre decía, mi madre que en paz descanse, mujer poco cultivada pero de grandes dichos, que un hombre que pierde los primeros veinte minutos del día en quitarse pelo de la cara es que no tiene oficio que hacer. Yo pienso igual, con todo lo que tengo que hacer salto de la cama y ya estoy agobiada, si no me cunde nada la mañana, si no he terminado una cosa y ya tengo quince esperando, ¿digo quince?, ¡quince millones!. Si yo me como la fruta sin pelar porque no me puedo permitir perder seis segundos, si saco a pasear al perro tan rápido que se desorienta a veces. Pero bueno, eso son cosas mías, tú no te afeites que pareces un  topógrafo... ¿Quieres llevarte algo rico de verdad? Tengo una sandía más redonda que el ojo de un pez, geométricamente perfecta. Si la echas a rodar te quedas sin ella, no se para nunca, lo mismo hasta te vuelve por detrás no te digo más. Otra cosa te voy a decir, el pelo largo está bien pero cuando ya se te riza por el cuello es un tema muy delicado, mira, mi madre que era un poco tosca y tenía de todo menos tacto, mi madre que en su gloria Dios la tenga, decía que si se te riza el pelo es porque tienes la mente enrevesada o las arterias cortas, ¿tú eres de arteria corta?. Bueno, es igual. Ufff, me duele hoy la cabeza que me dan ganas de soltarme un ojo y vaciarme el cráneo con una cucharilla a ver si así descanso. Y todas estas cosas se heredan, que mi padre se encerraba en su cuarto cuando cambiaba el tiempo porque se le contraían las sienes decía. O como mi abuela, que tenía las orejas en punta, mi madre más, yo mira y mi hija si la ves parece una loba. Cuando tenga una nieta intentaré modificar el asunto genéticamente y punto y final. Bueno, ¿qué te pongo?.
     - ¿Es a mí?... pimiento quiero yo...
     - ¿Rojo o verde?
     - Mmmm, verde...
     - ¿Cuántos?
     - Uno.
     - ¿Algo más?
     - No, yo sólo quería eso.
     - Adiós chico, que tengas muy buena mañana y no te afeites que pareces un interventor del Transiberiano. ¿De veras que no quieres una sandía? Parece un rodamiento de acero de redondita que ha salido.
     No sé si era por los rizos del cuello, por el bigote poblado o por las patillas salvajes, pero empecé a encontrarme mal cuando me puse en la cola de la pescadería.



                                              
                                       

   Texto JACOBO SÁNCHEZ
Marzo de 2013, hacia las 5 de la madrugada.

lunes, 4 de febrero de 2013

LA CULPA FUE DE LOU

     Las nubes se estaban extendiendo por lo alto de mi cabeza, lentas, muy lentas. Ganaban confianza allí y entonces engordaban como pavos y cambiaban su aspecto algodonoso por amenazas grises, nada serio para mi paraguas de ocho varillas. La verdad es que a mi todo eso me gustaba, siempre aceptaba lo que ocurría en el cielo del mismo modo que una nube tendría que aceptar que era lunes para mi y no pensaba salir de mi agujero. Se me iba la luz por las rendijas de la persiana, tampoco podía hacer nada por impedir aquello, extraña cosa la luz como tantas otras.
      El caso es que no tenía vino ni cigarrillos, sólo limones, muchísimos limones que había cogido días atrás, y bueno...también tenía algunas latas de conserva que guardaba por si estallaba algo por el mundo. Tenía que salir, comprar algo, pero Lou Reed me estaba sujetando por los tobillos, como lo habían hecho tantas tardes otros tipos con guitarras, y como un periódico empapado me sentía pesado y desmenuzado. ¿Por qué no dejarlo todo estar? ¿Por qué no? Al fin y al cabo era lunes y no tardaría mucho en llover. 

texto JACOBO SÁNCHEZ
FEBRERO 2013       





martes, 18 de diciembre de 2012

NAVIDAD EN EL CALLEJÓN

     Las calles estaban infestadas de luces de colores y gente ciega comprando a crédito, era la navidad y daba ardor de estómago caminar por allí. Una buena bufanda ayudaba a pasar desapercibido y era bálsamo para las orejas, sobre todo si en aquellos días se te afilaban en punta como las de los lobos. No había rock, no había pop y los ochenta no volverían hasta enero. Ahora todo estaba en las trastiendas y habían sacado productos más jugosos para que todo el engranaje girara fino, con una brillante capa de aceite verdoso, el color más bonito del mundo después del granate que se oculta bajo la pintura de las barandillas.
     Era la navidad y siempre llegaba porque a nadie se le ocurrió hacer un calendario plano, lineal. Alguien se empeñó en que todo debería repetirse en cada vuelta de tierra y así nunca podías dejar nada atrás. Fuera lo que fuera, al menos aquello no duraba demasiado y los langostinos podían repoblarse de nuevo y dejar de temblar. Siempre había algún niño con mofletes que pensaba que los langostinos colgaban de algún árbol. Diciembre, todos a varear langostinos con anjeos. ¿Y los gatos?, los contenedores esas fechas eran pastelerías de repostería fina.
     Navidad para los hombres y mujeres de fe. Había un bar al fondo del callejón con el techo bajo y mesas de madera algo viejas que olía a queroseno. Y había también un remolino de falsos deseos envolviendo las calles y picando a las personas. Apoyado en una farola observé a la gente solitaria que ingresaba en el callejón a por su dosis de vino. Todos tapando sus orejas de lobo con bufandas, todos huyendo de los villancicos y los escaparates luminosos. Ninguno había leído nunca la biblia y mucho menos pelado una puta gamba.


texto JACOBO SÁNCHEZ

domingo, 11 de noviembre de 2012

LOS TIPOS DEL PASILLO

     Todas las noches de insomnio las había heredado sin querer junto con otras muchas cosas que no servían para nada. No había tenido mucha suerte en el reparto, pero tampoco le importaba mucho estar siempre vigilante como los búhos, hasta tenía pensado cambiar la cama por una rama, picar un ratón de vez en cuando... Bueno, pensaba muchas cosas, la verdad que el tiempo para gastar le sobraba, pero eso, sólo el tiempo. Andaba escribiendo una novela sobre una ciudad del futuro, donde todo funcionaba las veinticuatro horas y no había parados. El pescado llegaba de madrugada y lo podías comprar fresquito como la puerta de un garaje, llevarte a casa un besugo abriendo aún su boca desesperadamente. Había obreros haciendo zanjas por la noche, taladrando el suelo, atascos, de todo había, la gente dormía por el día así que había ya tantas lechuzas como madres recogiendo a sus niños del colegio. Niños con gafas de sol y bostezando en cadena. Madres de piel morada enganchando cualquier niño, el caso era ir a casa cuanto antes. A veces sentados en la mesa toda la familia caían en la cuenta que aquel niño de mofletes no era su hija, pero las pechugas de pollo se las comía igual y encima no soltaba pelo, así que se lo quedaban hasta el día siguiente, le bañaban y todo. Hasta le querían. Por el contrario, unas manzanas más lejos una niña tenía un berrinche espantoso, aquella coliflor le resultaba demasiado hostil. Los puntitos negros parecían pimienta molida. Era pimienta molida.

     El caso es que era una noche más de insomnio, y estar dormido es lo más parecido a estar muerto, respiras sí, pero eres un pastel de nata fuera de la nevera, vulnerable, alguien puede venir y meterte un dedo en la oreja, siempre en el mejor de los casos. Alguien puede asfixiarte con la almohada o llenarte el pelo de espuma de afeitar y pintarte un pollo en la frente. 

     Debatiendo entre si lo mejor era estar dormido o aguantar la oscuridad acurrucado con una linterna, se fue quedando dormido, dormido suavemente, así...¿ves qué bien?. Tranquilo, respira relajado, tus pulsaciones menguan su frecuencia y tu cabeza se va por la puerta de atrás a las faldas del Ararat lleno de nieve, a una pradera con hierba verde y húmeda, con sus saltamontes verdes también y te encuentras feliz allí así que decides tardar unas horas en volver. Das saltos de la pradera a una playa, montas en un caballo negro que corre tanto que casi te caes pero nunca lo haces, imposible, no puedes ni aunque te pongas boca abajo, es maravilloso, es lo que siempre quisiste hacer por las noches. 





     Fuera, en el pasillo habían venido ya de todas partes, unos eran altos y huesudos, otros de razas extrañas y gestos serios, había hasta niños. Todos llevaban utensilios alargados y punzantes, agujas de punto, bastoncillos de los oídos, anzuelos, sacacorchos, palillos chinos, rotuladores, botes de espuma de afeitar...
     - ¿Ha cerrado ya los ojos?
     - Afirmativo, jefe.
     - De acuerdo, entremos a la de una..., a la de dos... y, ¡a la de tres!




texto JACOBO SÁNCHEZ
noviembre 2012

miércoles, 19 de septiembre de 2012

SUMERGIDO EN ESCABECHE

     Fue al abrir una lata de sardinas en conserva cuando le vino la idea a la cabeza. La gente tenía miedo a ser enterrada, incinerada, y encima todo aquello era bastante caro y tenebroso. Era agresivo y lento aunque ya todo diera igual llegado el momento. Él no quería secarse en una caja ni arder como un pino, él quería permanecer en una lata enorme llena de aceite de oliva virgen, o sumergido en escabeche como una codorniz, en un bonito tarro de cristal.

     Quiero pasar mis días sumergido en escabeche...


     
     texto JACOBO SÁNCHEZ


jueves, 13 de septiembre de 2012

CUANDO CRUJAN LAS HOJAS AL PISARLAS

     Iba por la calle sonriendo hasta a los zapatos de los escaparates, le gustaban los de puntas alargadas que pinchaban el oxígeno y restallaban al sobar las baldosas. Sonreía a las chicas de los carteles publicitarios, a los puntos cardinales y al monigote verde del semáforo. Luego el monigote hacía que caminaba graciosamente y eso era un cosquilleo en el estómago, le hacía gracia decididamente. Luego aparecía el muñequito rojo, estático, triste, eso hacía llorar a los niños.
     Danzaba por el centro con un secreto no muy oculto, con muchas cosas picoteando en su cabeza, historias pendientes de fin de semana. Era porque llegaba octubre barriendo bobadas de adultos, despejando porquerías y mentes sucias. Era porque Orión empezaba a velar por él por las noches y dormir así de arropado valía más que un lince blanco.
     Filtraba aire a sus pulmones y exhalaba tranquilidad. Las caras amargadas y las ojeras que cruzaban su camino le hacían retorcerse y segregar saliva como si se hubiera tragado un limón verde. Su organismo estaba bien engrasado, funcionaba a pleno rendimiento y eso se notaba por fuera. La palabra envidia la remataba de espuela y su almohada era un algodón de azúcar, a ver quién puede amargarle un instante sin que le despache con un gesto.
     Caminaba haciendo punteos de guitarra con los dedos contra el pantalón, colocando balones imaginarios al área con los pies, alguien los remataría con la vista desde un balcón, seguro.
     Cuando el sol se agotó de regarlo todo y tomó el relevo la noche con todas esas estrellas brillantes, giró sobre sí mismo y emprendió la vuelta a casa. Tenía un teléfono apagado y eso era siempre un buen síntoma. Hoy el día más la noche eran sólo para él, encendería aquél cacharro cuando crujieran las hojas al pisarlas.


texto JACOBO SÁNCHEZ 
septiembre 2012

martes, 11 de septiembre de 2012

EL BAR ESTRECHO

     El bar era alargado y pequeño, oscuro. La gente bebía en fila india un poco incómodos todos, pero esa era la gracia. De vez en cuando alguien encendía un cigarrillo y todos gruñían en silencio. Si había que bailar, aquello parecía un barco en medio de un mar picado, perdías media copa encima del que estuviera al lado, que a su vez vertía la suya en el de delante. El último de la barra no podía verter sobre nadie y gruñía también en silencio, dos gruñidos acumulados. Si querías ir al servicio te lo tomabas con calma y al final llegaba tu turno, si querías pagar tenías que esperar a que la camarera se tomara un chupito de ron, si querías un hielo te ponía mala cara, si querías quitarte el abrigo lo tenías que hacer en la calle antes de entrar. La música era mala y la cerveza tenía poca fuerza. Todo estaba un poco sucio y si pedías una marca de whisky siempre se había acabado. Había un tipo en medio de la barra que siempre estaba allí, con gafas, algo gordo, cerveza en mano y cigarrillo en boca, su edad no era la adecuada pero a él eso le resbalaba por el lomo de manera terrible. A las doce de la noche había dos por uno y la segunda cerveza te la tomabas caliente, era así, te ponía la dos a la vez la chica. No podía ser una y al rato otra, si no no era dos por uno, era una y luego otra. Pagabas dos.
     - ¿Pero no puedes esperar dos minutos y me sirves la otra? - decía siempre el chico flaco.
     - ¡No voy a estar pendiente de ti, o coges las dos ahora o no hay oferta!
     - Obtusa..., pensaba por dentro dándose la vuelta.
     - Obtuso..., decía entre dientes la camarera picando hielo.
     A y media sonaba siempre la misma canción, el vinilo saltaba un poco...uh uuuh uh, me gusta cómo hueles, ponte a salvo oh oh.

     El día que cerró aquella ratonera anduve por la calle buscando un garito de mala muerte sin éxito, todos me parecían demasiado nuevos, ninguno tenía serrín por el suelo, ninguno olía a ropa vieja y humedad, ninguno tenía un hombre gordo en el medio de la barra, se me venía encima una enorme tragedia cuando el cielo se estrujó y me lanzó unos cántaros de agua fresca por encima. El cielo también lloraba el cierre. Se dijo mucho de la chica que llevaba el local, cualquiera podría ser cierta o todas mentira, el caso es que el vacío se apoderó de mi y ni una de mis canciones alegres podía con tal desgracia...solo y herido uoh oh oh, así me dejas, sabiendo que mañana, te irás con otro, a bailar...
     De regreso a casa, empapado hasta la cuarta vértebra me crucé con el hombre gordo del medio de la barra. Andaba con la cara difuminada, henchido en desesperación feroz y con gran merma en su orientación. Algo nublado de vista tal vez, chocaba contra las paredes y elegía otro rumbo, como los coches teledirigidos que había cuando era niño. Como un perro cuando muere su amo duerme en el cementerio, el hombre pasaría la noche en la puerta del bar, si no esperad a que el sol se harte de todo.
     Ya en casa busqué instintivamente algo estrecho y me hallé en el pasillo, con dos cervezas en la mano, no una y luego otra, con dos. Apagué la luz y encendí un cigarrillo, hice el baile de Battiato en su Centro de gravedad permanente y llevé aquello lo mejor que pude, sabiendo que las desgracias nunca vienen solas y que por más que te afeites la barba al día siguiente raspa como una toalla vieja.



texto JACOBO SÁNCHEZ
foto   JACOBO SÁNCHEZ

lunes, 3 de septiembre de 2012

VIDAS VACÍAS

     Nunca nadie le describió tan bien, nadie dio tanto en el clavo, si a algo se parecía su presencia desde luego era a eso. Si era imposible sacárselo del cerebro es porque tenía que estar ahí. Era serio como el sonido de un cable de acero estirándose e imponente como el ruido lento de un buque hundiéndose. Tenía más magia que una frontera y calcular su edad era complicado, sobre todo de espaldas.

     Recuerdo que fue una noche de otoño, la niebla había rizado su pelo y mojado sus pestañas. La niebla hacía que pareciese una aparición. La niebla entraba en los huesos de las personas que se cruzaban con él. Estaba allí tranquilo, hablando de cosas sencillas, cosas que hacían pensar. Sin saberlo iba llenando vidas vacías mientras se vaciaba imperceptiblemente, si seguía así habría que rellenarlo con algo. La muchacha le describió muy bien, casi podías imaginarlo charlando allí con sus gestos dulces y su voz calmada, podías tocarle la cara si cerrabas los ojos. La muchacha estaba entusiasmada contándolo todo.
     - Estaba ahí, de pie, y sonreía. Sonreía mucho y sus ojos eran..., eran como de agua.
     - ¿De agua?
     - Sí, de agua. Agua salada, y tenía gotas de niebla en el pelo y pelo pegado a la frente.

     Tal vez todo eso era cierto, verdadero como que se sintió demasiado hueco al marchar. Necesitaba cargarse por dentro antes de seguir regalando vida, necesitaba un relleno y que no fuera de anchoa.


texto JACOBO SÁNCHEZ
Septiembre 2012

viernes, 24 de agosto de 2012

SOBRE RUEDAS

     Fue un chollo, después de tomar unas cervezas nos dimos la mano y me entregó las llaves de mi nueva casa. Sentí que todo iba a ir sobre ruedas.


texto JACOBO SÁNCHEZ
foto JACOBO SÁNCHEZ agosto 2012
(Cabo San Vicente, Portugal) 

miércoles, 15 de agosto de 2012

O COMO FRASES SIN SUSTANCIA

     O como un sonido de guitarra sin nada más de fondo o como el fondo de un trastero sin nada dentro. O como tú me quieras llamar o que las cosas son extrañas como películas con poco diálogo. Vas de repente y dices algo gracioso y eso me hace reír, eres como un niño chico incordiando a un perro grande, tienes cosas primarias para envasar al vacío. De perfil pareces de juguete y de espaldas creo que eres de trapo, se te adivina blanda pero es arriesgado comprobarlo. Tal vez mañana...
     Estamos aquí apoyados, parece que las noches son para hablar. Si no hay ruido es por algo, si no hay luz no es casualidad. Si refresca es porque alguien dijo que la noche no es para tibios, está hecha para los seres de manos frías, y eso, a algunos, les da mucho miedo... y menos mal que aún no te han visto apagar velas con los dedos.
     O como un licor extraño japonés, o como una teoría estúpida sobre gente guapa, nada y todo tiene sentido si no se lo cuentas a alguien, si no vienes y me susurras tus cosas al oído como el gas de un refresco escapando por el tapón. 
     O entras tú o salgo yo, es así de fácil. Aquí no cabemos los dos ni de perfil y eso que tú eres el filo de una hoja y yo la raya del mar. Lo de la raya del mar me gusta...
     O como estas letras abstractas o como un relato sin sentido, a mi me suena bien, ¿sí?. 

texto JACOBO SÁNCHEZ
AGOSTO 2012

domingo, 29 de julio de 2012

LA QUE SE ME VIENE ENCIMA...

     Vienes tú encima de un tacón siempre lenta y callada, dices ser mezcla de varias mezclas, es difícil desgranarte entonces. Saco mi pose de urgencia, la de los momentos críticos, la de los entierros y noticias feas, la que nunca me traspasa. La pongo delante y te reflejas distorsionada sin saber bien por dónde vadearla mientras mis pies se anclan y el viento me manosea el cabello con intención de molestar, pero nunca nada me molestó lo suficiente como para moverme del sitio. O das media vuelta o vamos a chocar y te aseguro que soy más duro que una pezuña y no estoy acolchado. 
     Te acercas rallando el suelo y tus piernas parecen el pie de una copa de vino. Creo que traes un guión aprendido en la espalda y seguramente lo sueltes a escasos metros de mi escudo. No son las primeras palabras que salen rebotadas y atacan, ni el primer paquete de intenciones que muere en la orilla. Ya casi estás encima y tenso hasta las pestañas para recibir lo que venga. Soy bueno toreando sentimientos y despejando razones, soy bueno en muchas cosas que no imaginas, he estudiado mucho a escondidas. Creí que íbamos a chocar cuando por sorpresa te detuviste a la distancia recomendada para hablar.
     - ¿Me dejas pasar? Voy a la parte de atrás de lo que no está aún escrito.
     - Pasa, pero no te apoyes mucho en las paredes sin versos, aún están frescas...
     No imaginaba que esquivarías mi pose con tanta elegancia, la verdad es que pensé que habría guerra fría pero sin duda eres buena circunvalando obstáculos. No me quiero dar la vuelta por lo de convertirme en sal, pero escucho tu voz caminando por la izquierda.
     - ¿Vendrás a cenar?
     Recogí todo lo que había puesto delante de mí en un instante mientras ya sabías la respuesta.
     - Claro...
     

sábado, 28 de julio de 2012

AQUÍ QUE NUNCA PASA NADA

     Hoy, hoy he tenido la sensación de que aquí no pasa nunca nada, a veces, sólo a veces alguien alza la voz pero yo no le escucho. No dices nada y la tarde muere. A veces, sólo a veces las cosas se desmadran y esto ocurre normalmente cuando ya te has quedado sin hielos, cuando ya te habías saltado las normas bebiendo a palo seco y aquí no pasa nunca nada. 
     Hoy, hoy que me he envenenado sin querer con una botella lo he visto claro, y es que nadie se separa de la orilla, ya nadie viaja sin teléfono, y es que ya no hay héroes con miradas extrañas, y es que tú, y luego yo, y es que tú..., y tú..., y yo, laralá laralá. Y luego van juntos de aquí para allá, de dos en dos, nadie sabe ir solo ya, y yo, y tú..., y yo, y silbo canciones mientras hago lo que quiero. Y es que hoy..., laralá laralá, hago-lo-que-quiero. Esto parece más bien una canción, y aquí, aquí_no pasa_nunca nada.
     Hoy el día trae una buena noche cosida, es divertido estar aquí de pie. Y aún a oscuras, de pie y a oscuras todo podría ser mejor si no me estuvieran devorando estos mosquitos. No es así, pero me gustaría decir que no siento sus bocados. Me arrascaré mañana si no lo haces tú...

texto JACOBO SÁNCHEZ
JULIO 2012

jueves, 26 de julio de 2012

EL TIPO QUE SENTÍA LAS TORMETAS

     Unas horas antes de que llegaran las tormentas él ya las sentía dentro. Se descalzaba y se preparaba para recibir el aroma de la tierra mojada, eso le bastaba para estar feliz. Si la tormenta le avisaba en el campo la esperaba con la camisa en la mano y los brazos abiertos. Le gustaba cuando se le empapaba el cabello y las gotas que bajaban del cielo rebotaban en sus hombros. 
     - Esa gota... esa gota me ha tocado.
    Luego llegaba la electricidad detrás y entonces se la jugaba porque sabía que la naturaleza no hace daño a quien sale a recibirla. De toda la violencia de una tormenta sólo se llevaba la caricia de una gota. Al principio asusta un poco, pero cuando aprendes a interpretar los mensajes de la tierra todo te parece un perro sin dientes. 
     En cualquier caso, el tipo que sentía las tormentas tenía arte para despacharlas.


texto JACOBO SÁNCHEZ
JULIO 2012

lunes, 23 de julio de 2012

AHORA MISMO, TÚ Y YO.

     La melodía de su vida eran notas de contrabajo y hacía ya años que sabía que las cosas no duraban para siempre. Tal vez por eso compraba los plátanos verdes... Si algo ha de estropearse al menos disfrútalo en sus inicios. 
    La palabra pasado le sonaba a perdedor, a abuelo resignado, a caja de zapatos con metralla. Si alguien le hablaba del pasado su cara era de fastidio y dejaba el café a medias.
     - Pero, ¿a dónde vas?, ¿qué he dicho ahora?
     - Guárdate tus historias, sólo piensas en hojas secas y fotos en sepia. Me voy de aquí...
     - Pero, ¿qué mosca te ha picado?
     Las moscas no pican, el tabasco no pica, solo unas migas en las sábanas pican de verdad.
     Luego estaban los que planificaban todo a largo, los que en el mejor momento ahogaban la magia del instante con la visión del futuro.
     - Cuando acabe la fiesta hay que recoger todo. Verás mañana, cualquiera se levanta para ir a trabajar. ¿Te he dicho que tengo un plan de jubilación? Me compraré una finca como una puta selva de grande y plantaré árboles. Yo no los veré crecer, pero dentro de varias generaciones mis descendientes sabrán que...
     - Corta, corta de una vez. ¿No sabes disfrutar de una fiesta? ¿qué demonios haces hablando del futuro? Hablas en muerto, hablas de cuando ya no te queden ni los dientes. Corta de una maldita vez.
     - Ehh, ¿te has levantado con el pie izquierdo?
     Cada uno se levanta con el pie que pilla, tendrá eso que ver con nada... Hay gente que hasta se baja de la cama con las manos, y hay gente que hasta se forra las manos con trapos para arrastrarse y no caminar. Es la vagancia extrema, se dan casos por Europa.
     Háblale del presente y verás cómo su gesto cambia.
     - Ahora mismo, tú y yo, vamos a coger un kilo de gambas rosas y nos las vamos a comer con una caja de vino blanco, ¿qué te parece?
     - Chico, me gusta tu filosofía. ¿Y luego...?
     - Que le den por el culo al luego, te diré lo que haremos luego cuando llegue el luego.
     - Eso es todo lo que quería oír. 
     La cola de la pescadería era hermosa, chuparían cabezas hasta que el ácido úrico diera síntomas.


texto JACOBO SÁNCHEZ
JULIO 2012

POSADOS EN EL SOFÁ

     Entró y se posó en el sofá, era de piel blanca y aspecto sano, traía pasteles pero yo ya no tenía café. 
     - ¿Me siento? - preguntó suavemente.
     - Claro, hazlo. Si te gusta el sofá puedes quedártelo. Puedes quedarte con todo lo que veas, yo no lo necesitaré.
     - Sólo quería ver qué hace una persona antes de cambiar de rumbo. Pensé que tal vez estarías acurrucado en una esquina, te imaginaba descalzo y sentado pero ya veo que no.
     Luego el silencio desnudó un ruido de cañerías y un portazo lejano, no eran más que ecos de vidas ajenas.
     - He traído pasteles, me gustan los pasteles. Me como dos y luego me tumbo descalza y pienso en lo que voy a hacer el resto del día.
     Cogimos pasteles, dos cada uno y nos tumbamos descalzos a pensar. Luego apoyó su cabeza sobre mi hombro y olió mi jersey.
     - Huele bien -dijo.
     - Sí...
     - ¿Cuándo te vas? 
     - En cuanto anochezca, lo mio es la oscuridad ya sabes...
     Nos miramos los pies, los míos eran mucho más grandes y con más huesos, los suyos redondos y graciosos.
     - ¿Te podré escribir?
     - Puedes hacerlo.
     - Te mandaré una carta todos los lunes, aunque no tenga nada que contar meteré una hoja en blanco en el sobre y sabrás que estoy ahí.
     - Te contestaré todos los miércoles y te engañaré si todo me va mal.
     - ¿Comemos otro pastel?
     Cominos otro pastel, se arrimó un poco más y se abrazó sin hacer mucha presión, fue algo tímido. Olía a manzana y a niña pequeña.
     - He decidido que me quedaré aquí hasta que te marches, eso es lo que voy a hacer esta tarde, quedarme aquí.
     No dije nada. Poco después se quedó dormida y tapé sus pies con un jersey. Sin darme cuenta acababa de ocurrir otra de las grandes verdades, las cosas buenas siempre llegan cuando decides marcharte.


texto JACOBO SÁNCHEZ
JULIO 2012