miércoles, 18 de julio de 2012

LA CHICA DE LAS PANTORRILLAS REDONDAS.

     El domingo acababa de vencer al sábado y la chica de las pantorrillas redondas volvía a casa martilleando el suelo con sus tacones. La hilera de árboles le servía de referencia para rectificar su rumbo y echaba tanto de menos sus gafas de sol que se le escapó una lagrimilla que nadie pudo recoger, así que una baldosa porosa se la bebió. La silueta tallada a cincel seguía su camino rumbo al pequeño apartamento, demasiada calidad en la calle para esas horas.
     Cuando entró en casa y esparció sus zapatos por los rincones fue a ver al gato. Le envidiaba un poco siempre dormido en esa manta en el suelo, siempre cálido y hecho un ovillo. Se duchó con agua tibia mientras pensaba que no había triunfado aquella noche, que se precipitó cuando compró una cama tan grande y que lo mejor sería cortarla en dos. Se recogió el pelo y se puso una camiseta grande, la tenía desde pequeña y le parecía increíble que hubiera podido ponerse eso de niña para ir al colegio, llevaba veinte años durmiendo con ella y cada vez le quedaba más y más holgada. Finalmente se tumbó boca abajo y apartó el nórdico con el pie en tres veces, la cuarta tocó algo redondo y áspero que no debía estar ahí, algo que no reconocía con el tacto de sus pies cansados. 
     - ¿Qué demonios...?
     Volvió a tocar sin querer darse la vuelta a mirar y de espuela lo echó de su cama como había hecho con algunas personas otras veces. Aquello botó una vez y osciló un rato por el suelo hasta que se quedó mudo. Si no le atacaba esa mañana miraría a ver lo que era al despertar.

     
texto JACOBO SÁNCHEZ
JULIO 2012

martes, 17 de julio de 2012

Y SE GIRA Y SE VA.

     Se va, gira con clase y se va. El viento acerca el sonido de sus pasos pero eso no le traerá de nuevo, se ha ido. 
     Dos meses después ya había mucha confusión, se decía que le habían visto en la costa clavado en la arena pensando cómo atravesar todo aquello sin branquias. Decían que iba vestido igual que cuando partió y que su barba era un poco blanca. Otros decían que había llegado hasta un acantilado descalzo y que también pensaba la manera de sortear el abismo sin plumas. Más informaciones confusas aleteaban sueltas, que sí se había enredado en una alambrada, que si estaba de vuelta y el viento le ayudaba refrescando su espalda, que si viajaba acompañado de un gran perro a rayas...
     Todas las tardes a eso del ocaso ella sacaba su silla y miraba al fondo del camino, esperando ver un punto negro de regreso. También había gente paseando disimuladamente por allí, paseando un perro, portando bolsas, haciendo que corrían o fumando en un banco. Todos esperaban su regreso, pero es que él dijo que se iba, ¿entonces?. Las esperanzas son sólo para las cosas posibles.


texto JACOBO SÁNCHEZ
Julio 2012

domingo, 15 de julio de 2012

EL DE LA SONRISA EXACTA.

     Todos tenían miedo y se notaba que ya no quedaba tiempo por los movimientos repetitivos de las piernas, las uñas mordidas y sus gestos resecos. Todos estaban asustados y la noticia lejana no acababa de llegar, así que el silencio se comió el eco de las palabras y dejó por allí una sensación de pez fuera del agua. Todos rezaban y cruzaban tanto los dedos que se les trenzaban dentro de los bolsillos. Por una esquina el chico de la camisa llena de pelos de gato se derrumbó definitivamente y se descompuso como plastilina caliente, lloró algo seco.
     Todos tenían miedo menos él. Despeinado con habilidad, mirada al sitio justo y una sonrisa exacta de un sólo lado escondida entre la barba desaliñada. Parecía diferente a los demás, sin embargo correría la misma suerte. La cuestión era simplemente que él estaba preparado. 


texto JACOBO SÁNCHEZ
JULIO 2012

sábado, 7 de julio de 2012

EL INQUILINO DE LA CAMA DESHECHA.


     Hoy se ha levantado enroscado sobre sí mismo, con las sábanas desgastadas intentando hacerle algo malo. Sábanas que acarician traicioneras, ni siquiera eran suyas. De un brinco ocupó el medio de la habitación alquilada y la escaneó de un giro sobre su eje haciendo crujir toda su osamenta. Unos pies descalzos sobre las tablillas del suelo le recordaron que no era nadie y que en la vida probaría un buen besugo si no empezaba a hacer trampas, si no era más malo que su casera.
     La casera ya oía sus pasos desde el piso de abajo, ella dormía lo justo, con un ojo siempre abierto y la conciencia hurgándole un oído. El inquilino había madrugado, tal vez fuera a buscar trabajo de una vez, quizá en el puerto descargando cajas, tal vez algo temporal con el servicio de limpieza. Lo que fuera le vendría bien, cuanto más tiempo estuviera fuera de la habitación menos electricidad gastaría y podría ganar algo de dinero fresco para ir liquidando su deuda. De todos modos al final de verano le pondría en la calle, no le gustaba cómo le miraba cuando se cruzaban en las escaleras.
     Por arriba Samuel seguía en pie pensando en no sé qué, así se le iba la vida, pensando siempre en no sé qué. Dio dos pasos a bajas revoluciones sin que él se lo hubiera ordenado a su cerebro. Luego sus rodillas se empezaron a flexionar y quiso poner resistencia, pero ya era un cervatillo recién nacido y el sudor le brotó frío de su frente. Otro paso más y ya casi estaba, calculó como pudo y se lanzó a la cama. Ya estaba a salvo, allí ya nada podría ocurrir que no fuera un buen sueño extraño. Tanteó por el colchón y encontró la sábana con su textura de papel de periódico. Se la enrolló por un muslo y la tripa y quedó boca arriba con los brazos extendidos como queriendo abrazar algo. Parecía que tampoco hoy iba a ser un buen día, tal vez mañana le echase más ganas al asunto.
     Por abajo la casera hervía coliflor en camisón.


                                                               

texto JACOBO SÁNCHEZ
julio 2012                             

domingo, 15 de abril de 2012

MIL MILLONES MENOS

     No había vuelta atrás, estaba decidido. Sobraban mil millones de humanos para que todo volviera a funcionar correctamente, se trataba de regular el mundo y ante éso la moral era una palabra desconocida. Lo harían los países ricos, sin miramientos, algo rápido para evitar el sufrimiento. De nada valían ya las manifestaciones de millones de personas en todos los países, de nada servía emigrar si pensabas que estabas en el punto de mira. La decisión estaba tomada y se llevaría a cabo en cualquier momento, era cuestión de tiempo ver cómo te cocías o cómo te asfixiabas mientras volvías a casa con el pan bajo el brazo. Mil millones de humanos y volvería a fluir la comida, el trabajo, el orden político. Daba igual que fueran vidas humanas, de hecho tenían que ser necesariamente vidas humanas. Peces, aves, roedores e insectos no habían modificado nada, no eran culpables de nada y ya habían pagado demasiado. La historia estaba a punto de escribirse con un antes y un después del día D. Muchos grupos radicales llevaban un par de siglos apoyando esa acción, pero parecía sólo una hipótesis descabellada como último recurso si las cosas se ponían feas, hasta que en la votación final de los continentes el sí se llevó la victoria. Nadie sabía a ciencia cierta cómo iba a ser, sólo una cosa estaba clara y por eso los continentes del sur habían empezado un éxodo masivo hacia el norte, donde aún había agua y alimento. Deberían darse vida, ya que el eminente solsticio de invierno parecía una fecha llena de elementos favorables. Únicamente el tiempo diría si la decisión había sido la adecuada, y que Dios perdonase al consejo de sabios de los continentes por meterse en "sus asuntos".



texto JACOBO SÁNCHEZ
abril 2012